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Muchas veces no vemos lo más evidente. Irónico, pero así es, así lo elegimos. Y con esa optativa ceguera generamos nuestra propia frustración y por nuestro propio gusto. En miles de ocasiones he escuchado en mi vida frases como estas:
1. Es que... ¿por qué no me ha hablado?
2. ¿Por qué yo soy quien siempre le tiene que hablar primero?
3. ¿Por qué siempre me cancela?
4. ¿Seré importante o no para ella (él)?
5. ¿Por qué cambia de planes tan fácilmente?
6. ¿Me amará como yo le amo a ella (él)?
7. ¿Y por qué a mí no me invita?
8. ¿Me querrá o solo me está utilizando?... etc., etc., etc.
Y por querer encontrar la respuesta a estas preguntas, decidimos lanzarnos cual clavadista en la Quebrada, hacia donde creemos que está, en lo más profundo de la emociones y sentimientos de la otra persona, para averiguar, para esclarecer, para demostrar el injusto trato que creemos se nos da en virtud de como tratamos a aquella persona y que por justicia y equidad nuestro ego nos hace reclamar en merecimiento. ¡Cuánto dolor se genera en este juego psicológico y para colmo por propia voluntad! Queremos buscar la respuesta en lo profundo de la otra persona, cuando la respuesta resplandece en lo más superficial, en sus actos, donde lo que quieres saber ya te lo dijo.
Cada vez que alguna amistad o alguien me pregunta qué hacer para llegar a la respuesta que buscan con sus preguntas, veo el enorme impacto que se suele manifestar en sus rostros cuando les digo: “Pero si ¡ya te lo dijo! ¿Qué más quieres saber si tus preguntas ha sido respondidas claramente desde antes de que las hubieras planteado? No hay nada oculto aquí, no mucho más que preguntar, la respuesta la tienes ante ti y de manera abrumadora. Ya te lo dijo con sus evidentes actos. Lo que pasa es que quizá no te guste esa respuesta, aunque sea la verdadera, y vas a buscar otras respuestas que se adapten a tu favor. No hay peor ciego que el que no quiere ver”. El silencio consecuente ante toda confrontación no se hace esperar.
Analicemos un vago y común ejemplo. Cuando queremos demasiado a alguien y se lo demostramos con hechos y con palabras, y ese alguien no nos llama ni nos procura en absoluto... ¿no está quedando claro ya el mensaje desde ahí! Por la necedad de nuestro ego en querer ver solo lo que queremos ver, de inmediato surge la necesidad de hablarle a esa persona para preguntarle si nos quiere o no, como si sólo las palabras comunicaran el mensaje. ¡Los actos comunican con más fuerza y con más veracidad! Pero no los queremos ver. Son muy dolorosos para observarlos. Rompen nuestra expectativa y en lugar de sanarnos con la verdad, elegimos seguir enfermando nuestra alma queriendo ver una ilusión de óptica fabricada por nosotros mismos.
Si alguien a quien procuras con amor no te ha hablado en mucho tiempo y tu te preguntas si te quiere o no..., con sus actos ¡ya te lo dijo!, y quizá desde hace mucho tiempo. No hay mucho que investigar, pero no hay mucho que investigar tan solo si quieres vivir en la verdad. De lo contrario, habrá mucho que indagar, ya que en la mentira nunca se llega a nada que te de la sensación de haber concluido.
Uno de los más grandes errores ke cometemos es enamorarse de una ilusión, a tal grado, ke nunca se ve la verdad por más evidente que esta sea. Y cuando llega el momento donde se alcanza a ver la enorme distancia que existe entre la ilusión y la verdad, entre lo falso y lo real, no se puede creer. Pero lo más increíble es ke esa misma distancia la haya generado el o ella o uno misma(o).
Así de fantasiosa es la mente humana en muchas ocasiones. Y la única solución para salir de este maléfico encanto autoprovocado es decidir enamorarse de la verdad. Cuando uno logra este mágico encuentro, todo se ve claro. Ahí no hay mucho que preguntar, ¿para qué?, si ya te lo dijo.
“Si no te quieren como tú quieres que te quieran,
¿qué importa que te quieran?
- Amado Nervo.
Si algo he aprendido en mi propia vida con sangre, dolor y lágrimas de hace muchos años, fue esto: la gente es como es porque así es. Punto final. Y si intentamos cambiarla, hay dos opciones: que no lo haga y aumente nuestra frustración al tiempo de sentirnos los más tontos por intentarlo; o que logre cambiar pero siendo ese cambio en la enorme mayoría de los casos, un cambio falso y pasajero.
La identidad tiene resilencia. Tú eliges.
Cuando aunque ya te lo dijo, tú insistes en querer conversar con la persona para “aclarar las cosas” (aún cuando más claras ya no pueden estar), muchos han (hemos) desarrollado un talento para esgrimir los más afilados argumentos en pos de un acuerdo, de una negociación, y en varias ocasiones se logra dicho acuerdo. Ahí, todo parece haber terminado en un final feliz con aparente paz. Y sí, puede ser un final feliz, pero... falso, y como todo lo falso, no dura. Aprende algo: cuando alguien te diga: “...está bien. Tienes razón.
Haré un esfuerzo por cambiar y haré lo que tú quieres”. Yo te pregunto: ¿Qué caso tiene ese cambio si no es natural, si no surgió “auténticamente” de esa persona, si está haciendo un esfuerzo porque va en contra de su naturaleza? Está actuando por darte gusto.
Muy valioso de su parte el que quiera darte gusto, pero... está actuando en contra de sí mismo y así no puede durar mucho tiempo. No es él, no es ella. Tú sigues teniendo el poder para elegir: o te quedas con la verdad, o te quedas con la falsedad pero que tanto te acomoda. Al principio, esto puede sonar muy fuerte y confrontante, pero con el paso del tiempo, con tu evolución espiritual, esto mismo resulta tan extraordinariamente liberador. Saber la verdad libera, quererla saber dignifica.
El comportamiento más natural es aquel que se hace sin el más mínimo esfuerzo, es el más veraz, el más auténtico. Por ello, nunca le digas a una persona que haga un gran esfuerzo por cambiar ya que entonces ese cambio corre el riesgo de ser falso; mejor analiza si así como es la persona, tal cual, se acopla a tus necesidades de afecto y amor. Si no, hay millones de seres humanos allá afuera donde la posibilidad de que alguno empate contigo, existe formalmente. La mayor limitante para lograr esto es que creas en aquel dicho de que “es mejor viejo conocido que nuevo por conocer”. Creer en este dicho ha generado grandes males en la sociedad.
Algunas sugerencias para ke mejoren tus relaciones de pareja, de amistad, familiares y/o laborales son las siguientes:
1. Aprende a querer a la gente tal como es. Es un sano acuerdo contigo mismo de dejar a la otra persona por motivos más que evidentes. Por dignidad. Por salud. Por amor. Y para lograr esto...
2. Analiza qué es lo que quieres realmente, vivir en lo falso o en la verdad. “Es más hermosa la verdad que el fingimiento del amor”, a lo que yo le agregaría por lo que he visto: “...aunque el mismo fingimiento del amor sea una dulce y bella fantasía”. En otras palabras, tú decides seguir jugando o salir del juego. Ya que decidas, ahora...
3. Actúa en consecuencia. ¿Qué caso tiene querer a alguien que de antemano y con toda certeza ya sabes que no te quiere, y ya te lo dijo? o kieres sufrir por elección propia?. Una vez que actúas en consecuencia a lo que descubriste...
4. Alégrate inmensamente por el hallazgo. Cuando descubres la verdad, cuando te elevas por sobre el fingimiento, hay dos opciones: deprimirte o alegrarte inmensamente por el hallazgo y saber que a partir de ese instante ya conoces lo que tu corazón verdaderamente necesitaba.
5. Sigue tu propio camino. Sin la menor duda ¡algo bueno te espera! Alguien siendo natural te espera allá afuera con una forma de ser que empatará perfecto con lo que buscas y crees merecer.
Ya te lo dijo... “Es más hermosa la verdad que el fingimiento del amor”.
6:49 p.m. |
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